Ella: - Te oí referirte a mí con ternura y amor, con el mediocre de tu amigo.
El: - No, te confundiste, no hablaba de ti.
Ella: - Pensé que yo era tu única puta.
El: - Ja, ja, ja… y lo eres, mi putita, pero ésta vez hablaba de otra nenita.
Ella: - ¿La amas?
El: - Sí, quizá, es angelical esa mina; cosa que tú ya perdiste hace tiempo, sino ¡MIRATE!
Ella: - Lo sé. Me he entregado más de lo debido, creo. Puede ser un error, pero insisto en tropezar con la misma piedra… demasiada entrega.
El: - Eres una putita poética, pero al final, sigues siendo lo mismo: Una puta.
Ella: - Eres cruel y hay veces que te odio tanto como el amor que sentí por ti. Deberías irte ¿Por qué no te vas?
El: - Porque tus lagrimitas, tus gemidos, tu dolor; es mi alimento, mi zorrita. No me quiero morir de hambre mientras busque una igual a ti. Vamos, no seas tonta, la vida es así, el amor se va después de un tiempo. Hay un consumo mutuo y el recurso se agota. Es así, simple.
Ella: - Quisiera no joderme la existencia y ser tan vil como tú, pero el fracaso se estampa en mi frente y siempre termino pidiendo perdón, aunque no sea necesario. Ya no deseo estar aquí, mejor me iré. Por hoy tuve suficientes razones para satisfacer a mi sentido del valor. Caminaré junto con ella y me iré.
El: -¿Quién?
Ella: - ¡La soledad, pelotudo! A ella la tenía antes que me envenenaras. Jamás se ha ido, por eso no será difícil volver a lo mismo. No quiero a nadie más.
El: - ¡Fracasarás! Porque eres una cobarde y las cobardes no se suicidan en vida.
Ella: - Al menos, lo intentaré…

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